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Humberto Maturana: “Muchos Venden la Innovación de la Boca para Afuera"

Humberto Maturana / Fotografía: Darío Vargas Humberto Maturana / Fotografía: Darío Vargas
El Premio Nacional de Ciencias 1994, Humberto Maturana, y la epistemóloga Ximena Dávila, llevan años estudiando y reflexionando, desde un prisma biológico-cultural, las relaciones que se generan en las organizaciones y cómo inciden en el bienestar y en que haya verdadera innovación en estas comunidades. También, cómo las entrampan en dinámicas que les impiden despegar.
Cuentan que cuando fueron a una organización, cerca de fin de año, la persona a cargo de Recursos Humanos estaba feliz porque veía la conferencia que iban a hacer con Humberto sobre el amor, casi como un regalo de Navidad para los empleados. “Nos dejó pensando porque la forma en que lo planteaba era como de amor erótico o romántico… Lo primero que hicimos fue preguntarle si sabía qué hacemos en Matríztica y, como no sonó muy convencido, le contamos a qué nos dedicábamos. Cuando terminamos, miró desconcertado y dijo: ‘Ah, no, es que nosotros queremos que nuestra gente piense, pero no tanto”.
 
En sus 15 años de trabajo en el instituto Matríztica, que fundaron juntos, el biólogo y Premio Nacional de Ciencias, Humberto Maturana, y la epistemóloga y orientadora familiar y laboral, Ximena Dávila, se han encontrado con varios casos de incongruencias entre lo que las organizaciones dicen querer para el futuro y la forma en que buscan lograrlo. “El gerente que te contaba decía que quería promover el cambio en la empresa”, explica Dávila. “Pero con esa psiquis, ¿de qué cambio me hablas? ¡Si es cuando las personas piensan que el mundo cambia! Para eso, el jefe, el CEO o quien sea que tenga el poder de decisión tiene que estar dispuesto a convocar a la gente para que reflexione. El cambio cultural no se declara. Es un proceso”.
 
A eso, justamente, se dedica esta dupla: a instigar la reflexión y la conversación en todo tipo de relaciones. Maturana aporta la mirada biológica. Como científico no solo creó la Teoría del Conocimiento (cómo aprenden los seres vivos), sino que logró probar que no existe realidad independiente de un observador. Cada cual observa lo que observa desde su experiencia y eso le aparece como su verdad. No existe, entonces, una sola verdad. Dávila recogió ese planteamiento y le agregó el rol que juega la cultura en el proceso. Desde entonces, estudian las organizaciones, cómo los seres humanos varían la forma de realizar su vivir, el uso de “la” verdad como argumento para obligar, por qué surgen el conflicto, la desconfianza, la competencia, la colaboración y la innovación, entre otros.
 
ÉTICA AL CENTRO DE LA INNOVACIÓN
 
- Detengámonos en la innovación. ¿Por qué aparece constantemente el concepto cuando se habla de las empresas?
Ximena Dávila: Nosotros nos preguntamos desde dónde surge la innovación. Porque, en general, se la trata como algo lineal y objetivándola. Se toma un objeto y se afirma “esta cosa es la innovación”. Sin embargo, como no existe una realidad independiente del observador, no se puede hablar de “la” innovación sino verla como algo que se da en la relación. Es una dinámica relacional.
 
Humberto Maturana: Además, el ser humano ha sido siempre innovador. El hombre existe desde hace millones de años y, aunque parezca poco, hace cerca de 100 mil años inventó el lenguaje. Esto trajo una innovación que fue tremenda.
 

Lo más importante en la innovación es lo que se quiere conservar, ahí está la clave. Por eso, la innovación tiene todo de transformación… hay un cambio, pero este siempre tiene que ver con aquello que se quiere conservar”.

 
- Si la innovación es consustancial al ser humano, ¿por qué hay una suerte de boom del tema hoy? ¿Por qué muchos se jactan de promover la innovación?
Maturana: El año pasado fuimos al Media Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT) a dar una conferencia que se llamó “Innovación, Innovación, Innovación ¿o Adicción a lo Nuevo?” En esa nueva mirada sobre el innovar nos preguntamos cuál era el límite entre lo natural que es que nos guste lo que nos da placer, lo que nos interesa, y terminar enajenándose y atrapados en la búsqueda repetitiva de lo mismo. La adicción es una trampa. No es uso, es abuso porque no ocurre en la libertad o autonomía de elegir si quiero usar algo o no.
 
Dávila: Bueno, había todo tipo de innovaciones y la pregunta que nos hacíamos era si tal cosa servía o no de algo. Reforzando lo que te decía antes, no importa el aparato o invento, sino la dinámica relacional en torno a ese objeto. La innovación se da en esa dinámica relacional. En Matríztica usamos la sigla IEH o Innovación Ética Humana. Es decir, un observador distingue una conducta ética cuando ve que él, el otro y la otra son conscientes de no dañarse a sí mismos, a los demás o al entorno. Pone la conducta ética al centro de la innovación. Porque si invento una caja pequeña, liviana, con solo 2 botones y cuento que con solo apretar uno de ellos hago que desaparezca Corea del Norte, ¿es buena la innovación?
 
- Se supone que no. Pero ese ejemplo es un poco obvio, ¿no? En situaciones más cotidianas, ¿cómo se puede distinguir qué innovación es buena y cuál es mala?
Maturana: Por eso hablábamos antes de la adicción. El uso de la innovación ocurre en la libertad y autonomía. Cuando no soy adicto, puedo decidir si quiero utilizar algo o no. Y la ética es un elemento fundamental en todo lo que hacemos porque es lo único que conserva nuestra capacidad de escoger.
 
Dávila: Podemos elegir transformarnos en semirobots con nano partículas que entren en nuestro cuerpo (no es broma, esto se está desarrollando y es una clara posibilidad en el futuro). Ahora, si me preguntas, mi teléfono puede aparecer como la extensión de mi brazo pero, fíjate, yo puedo apagarlo y eso depende de mí, no del celular. El tema de la tecnología no es la tecnología en sí, sino si los seres humanos nos volvemos adictos a ella. Yo puedo querer perder mi autonomía, pero, ¿quiero?
 
LA INNOVACIÓN: CONSERVAR Y TRANSFORMAR
 
- Pareciera que hay un cierto “manoseo” de la palabra “innovación”. A su juicio, ¿de qué hablamos cuando hablamos de innovar?
Dávila: Se suele tomar la innovación como una transformación asombrosa, pero resulta que los seres humanos siempre estamos transformándonos. Nuestras moléculas siempre están cambiando. Entonces, el café tan rico que me tomé ayer puede que hoy no sea tan rico porque en este momento soy una persona distinta a la de ayer. Uno vive un presente continuo donde no vuelve atrás ni adelante en el tiempo, no hay pasado ni futuro, sino que todo se habla desde el presente. El observador ve lo que ve en el presente y esa es su realidad. Si habla del pasado, lo que hace es explicarlo desde el presente.
 
Maturana: Por eso, para hablar de innovación, reflexionamos en torno a dos palabras, cambio y transformación. En la transformación, no hay vuelta atrás. Pasamos a un estado distinto. A eso nos referimos con que siempre estamos transformándonos. Ahora, lo interesante de ese “no hay vuelta atrás” es que suele haber una reflexión nostálgica de algo que no queremos perder. Lo más importante en la innovación es lo que se quiere conservar, ahí está la clave de la innovación. Por eso, la innovación tiene todo de transformación… hay un cambio, pero este siempre tiene que ver con aquello que se quiere conservar. Me explico. Usualmente tenemos puesta la mirada en el cambio, en lo que se modificó, pero se nos olvida que siempre hay algo que queremos conservar. Por un lado, somos seres constitutivamente creativos y, por el otro, seres conservadores. Conservamos, desde siempre, el vivir y lo que tenemos es una historia de variaciones de la forma en que realizamos ese vivir.

A veces, las empresas olvidan también que el entorno que las sostiene es la comunidad humana que consume sus productos y los usa. Por eso, nosotros decimos que no hay empresas privadas. Son públicas porque se sostienen en una comunidad y le hacen sentido”.

 
- Dicho en simple, hacemos cosas para conservar la vida, el vivir. Y todo lo “novedoso” que creamos apunta a modificar cómo realizamos ese vivir…
Maturana: Un vivir que en lo cultural se da en las relaciones. Por biología, somos todos igualmente inteligentes. Todos tenemos la plasticidad conductual que se requiere para vivir en un mundo cambiante. Por eso, la innovación es un fenómeno biológico. Cambiamos para mantenernos vivos en un entorno que también cambia. La plasticidad es gigantesca y por eso vemos distintos gustos, preferencias, historias. Cuando se estudian los conflictos de los niños queda claro que no tienen que ver con la “inteligencia” sino con la emoción. En el convivir somos seres emocionales, no “inteligentes”.
 
Dávila: Muchos de los conflictos surgen por encrucijadas emocionales. Como cuando uno quiere conservar dos situaciones que no se pueden mantener al mismo tiempo. Pero como aspiramos a ser superhombres o supermujeres, tratamos de conservar las dos y lo pasamos mal. Perdemos el norte.
Por ejemplo, si cada observador ve lo que ve y esa es su realidad, si nadie es más “inteligente” porque la plasticidad conductual es consustancial a todo ser humano y si son nuestras emociones las que determinan lo que queremos conservar o cambiar, yo me pregunto: ¿en qué minuto surgió la preocupación por poner a la persona al centro de una organización? O sea, ¿cuándo salió de ahí? La persona es desde siempre la que realiza la organización. No la hacen los computadores, ni los autos, ni los zapatos que fabrica, sino la gente que la integra. Sí, estamos en un momento histórico distinto que es una tremenda oportunidad de estar hiperconectados, pero eso de estar hablando hoy día de “poner la persona al centro” tiene que ver con la ética o simplemente con la manipulación.

Pareciera que es tanta la vergüenza de cómo hemos hecho las cosas, cómo hemos dejado a la persona afuera, que hoy se busca frenéticamente ponerla en el centro.”

 
- ¿Cómo es eso de la manipulación? ¿Se refiere al “manoseo” de que hablábamos?
Dávila: Claro, de innovar por innovar, por ejemplo.
 
Maturana: Muchos venden la innovación de la boca para afuera.
 
Dávila: O como las organizaciones que se llaman “verdes”. Ojalá su trabajo apuntara de verdad hacia lo que dicen hacer. La pregunta por la persona al centro de la organización tiene un hilo histórico: en la Revolución Industrial la gente trabajaba en su familia, pero después todo se fue atomizando y hoy la mayoría de las empresas discute propuestas distintas de liderazgo y de cómo debieran relacionarse sus miembros. Sin embargo, lo que importa es cómo se pone a la persona en el centro no por su “inteligencia”, entendida como conocimiento o saber, sino por cómo se relaciona –y también la organización– con su entorno y el mundo.
 
Maturana: Pareciera que es tanta la vergüenza de cómo hemos hecho las cosas, cómo hemos dejado a la persona afuera, que hoy se busca frenéticamente ponerla en el centro. Tantas veces que se ha dado vuelta la pirámide de jerarquía sin entender que todos los seres humanos son inteligentes y que no es que necesiten reconocimiento sino que este es parte fundamental de la convivencia. Es decir, tener presencia en el convivir con los otros, cuya falta se nota en las quejas de las personas de una comunidad cuando dicen que no son vistas, escuchadas, respetadas.
 
- Ok. Si todos somos igualmente inteligentes y lo que guía nuestro actuar es la emoción –y de ahí que necesitemos sentirnos vistos y escuchados por los demás–, ¿cómo se realiza la organización? ¿El jefe hay que ponerlo al nivel del subordinado?
Maturana: No. La organización podrá tener la estructura que estime mejor para su realización. El problema está en que vivimos en una cultura en que la cantidad de “saber” te da poder. Y cuando uno cree que sabe, a veces no conversa porque piensa “yo sé”. No conversa y se olvida de que todos podemos aprender de otro ser humano. Una organización que funciona bajo esa cultura se mueve en torno al conocimiento y no al entendimiento.
 
Dávila: Cuando uno sabe que sabe se vuelve sordo, ciego, mudo. Porque sabe. Eso que es visto como un “mérito” ha llevado a que vivamos inmersos en una cultura de dominación y sometimiento, de control y competencia en busca de un resultado que nunca es parte de un proceso. Nosotros pensamos que la gran innovación es suprimir la competencia y abrir espacio a la colaboración. Si suprimes la competencia, aparece la colaboración. Este acto innovador tiene una validez universal.
 
- Muchas empresas se esfuerzan hoy en reconocer a sus empleados en vez de entregar premios por cumplimiento de ventas o buenas cifras…
Dávila: Claro, pero ese reconocimiento debe ser de veritas. Decir “qué bien lo hiciste”, sin mirar a la cara, no cuenta. Poner la foto del mejor trabajador del mes y darle un premio no sirve de nada si el jefe no lo mira y le reconoce su aporte. La persona sabe cuando la están reconociendo honestamente.
 
Maturana: Alguien solo hace sentido en su vivir cuando tiene algo que hace en la comunidad a la que pertenece y sabe que la declaración pública que se le hace de reconocimiento es honesta. A veces, las empresas olvidan también que el entorno que las sostiene es la comunidad humana que consume sus productos y los usa. Por eso, nosotros decimos que no hay empresas privadas. Son públicas porque se sostienen en una comunidad y le hacen sentido. El problema de un ingeniero no es el diseño del puente, sino saber dónde lo pone. Como este le pertenece a la comunidad, tiene que...
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